
Este post llega tarde, muy tarde. Tal vez no tenga mucho sentido escribirlo ahora, pero hay una razón personal para contar lo que quiero compartir.
Durante esta temporada de invierno, la escritura dejó de ser un abrigo, un palacio, un hogar. Se transformó en algo más. Las ideas ya no flotaban en el aire por simple creatividad. Había una necesidad de conectar. Así es la vida del redactor creativo, una batalla constante contra el papel en blanco.
Si me preguntan qué hago en la agencia, respondo que escribo. Pero también escucho. Y recuerdo. Sobre todo, recuerdo. Incluso momentos que todavía no terminan de pasar.
Como cuando Paraguay quedó afuera. Volvimos a casa sin entender del todo por qué no nos sentimos completamente derrotados.
En la agencia hay una alarma que anuncia la hora del almuerzo con urgencia —para algunos—, pero ninguna conversación termina ahí. Ninguna idea queda realmente a medias.
Sergio, Aníbal, Are (mis mentores), este texto también es para ustedes. Para que entiendan que mi silencio no es cómplice de la ausencia. No dejo de escuchar: los chistes, las urgencias, la forma en que se pide un plan de posteo mientras nos reunimos para ver si un país sigue vivo en un Mundial.
Es una pena no haber compartido más. Creo que, en el fondo, vivo a través de los ojos. Observo y escucho aquello que después quiero convertir en palabras.
Me gustaría decir que Lupe fue más que una agencia o una oficina. Hoy hicimos un Vision Board y dos personas coincidieron en algo: Lupe tiene que seguir siendo lo que ya es. Un lugar donde todos quieren estar.
Lupe es un patio lleno de prioridades. La gente se conecta con la misma naturalidad con la que comparte un tereré.
«Tenés alma de poeta», me dijeron alguna vez. Tal vez sea cierto. Pero también quiero aprender a convivir como publicista.
No sé si esto es un blog, una despedida o una petición de empleo. A veces uno escribe para ser leído; otras veces, para dejar constancia de que estuvo ahí. Tampoco tengo grandes conclusiones. El espacio que ocupó el Mundial fue un desafío y una oportunidad.
Es importante ser curiosos para que lo imposible no llene nuestras bocas. Porque el Mundial regresa cada cuatro años, pero la curiosidad puede acompañarnos toda la vida.
Paraguay volvió. Y, gracias a la vida, no tenemos otro Tacuara. No porque no hayan existido errores, sino porque, igual que en una agencia, los jugadores decidieron sumarse a la conversación. Una oportunidad para seguir creciendo.
Más allá del alma que cada artista tenga —sea poeta, pintor o publicista—, todos vivimos de la conexión.
Por eso escribo esto sin saber si lo que digo está bien o si va a gustar. Lo escribo con la convicción de haberlo vivido.
No soy solamente un bootcamper. Antes que nada, soy una persona curiosa. Y, al igual que mis compañeros, pisé los mismos errores para entender que equivocarse no es un signo de derrota, sino una parte inevitable del aprendizaje.
Muchas veces mi cabeza me lleva a lugares oscuros sin que mis pies se muevan un centímetro. Mis pensamientos suelen llegar antes que yo.
Quizás por eso escribo. Porque escribir es una forma de volver. De ordenar el ruido. De entender lo que todavía no sé explicar. Hoy me siento inmenso. De dudas y de certezas.
Hay inmensidades que no se pueden contener. Solo caminar a través de ellas.
Pero, si algo me dejó este invierno, no fueron las palabras. Fueron las personas detrás.
Y quizás eso sea suficiente.
La verdad es que disfruto escribir como un niño en medio de un garabato. Hay algo profundamente libre en no saber exactamente qué quiere el lápiz.
No hay nada más placentero que salirse de las líneas.
Al final, sigo jugando.
Quizás eso sea lo que intento cuidar en todo esto: esa parte de mí que todavía mira el mundo con curiosidad, que todavía se permite crear sin saber exactamente hacia dónde va el trazo.
Hay un niño en Montevideo que lo explicó alguna vez:
«No quiero morirme nunca porque quiero jugar siempre».
—Eduardo Galeano.
